Cada vez te encierras más. Cada vez más hacia tu ombligo. Y no sólo tu nariz: tus ojos, tu boca, tu pecho, tus pechos, tus hombros, tus dedos. Te retuerces como un bicho bolita hasta volverte completamente hermético al mundo exterior. Ya ni luz llega a tu vientre. Te escondes. Huyes todo el tiempo. Te refugias cada vez más inseguro en tu propio interior. Pero alrededor tuyo nadie te está observando, y no te percatas de ello porque tienes tus cinco sentidos y pico puestos en tu ombligo.
martes, 25 de marzo de 2008
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