lunes, 29 de septiembre de 2008

Ni adentro ni afuera. Ni ganando ni perdiendo.

Libero al ritmo de mi andar y a la disposición ordenada de las baldosas sobre la vereda, la suerte de dar siempre con alguno de los bordes que las separa y las une. Atendiendo a cada paso que doy, se trata de no caer justo de lleno en alguna de ellas. Se trata de no estar nunca completamente adentro, ni completamente afuera, de pisar siempre los límites. Pero no vale ser intencional: alargar o acortar los pasos para evitar caer adentro de una baldosa, o afuera de la contigua (es el mismo abismo) está prohibido. Ésa es la única regla.
Enseguida encuentro con desilusión las limitaciones de mi juego: al ser mi pie más corto que el largo de las baldosas, y la distancia entre pisada y pisada mayor, inevitablemente en algún momento mi andar me arrojará al vacío, sin ningún borde al que aferrarme. Concluyo luego de varias pruebas, que ese momento coincide siempre con el paso número cinco.
Unos metro más adelante, descubro la trampita, sin violar la regla, de caminar zigzagueando procurando dar el quinto paso, una vez con cada pie, sobre los costados laterales de una fila de baldosas. O puedo hacer de equilibrista caminando sobre un sólo hilo que se extiende a lo largo de la vereda. Pero otra vez, el camino me lleva hasta el hastío y la desesperanza de saber que en todos los juegos, tarde o temprano, se gana o se pierde.

1 comentario:

xD dijo...
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